martes, 4 de octubre de 2016

Te esperaba a la salida del cine

Te esperaba a la salida del cine. Al ver que tardabas más que de costumbre decidí entrar a por ti. No te veía por ninguna parte. Me asusté y empecé a buscarte entre la gente. Comencé a gritar tu nombre. No respondías.  Miré en los baños, en las tiendas y en las escaleras, pero tú no estabas por ningún sitio. Pedí permiso para entrar en las salas y después de mucho rogar, el encargado me dejó buscarte, no sin cierto mosqueo.
Entré en la primera sala, en la que se estaba proyectando una película de niños. Entre las risas infantiles y los diálogos poco elaborados te seguí buscando, hasta que oí tu voz. Me giré y vi tu cara plasmada en una caricatura, actuando en la pantalla. Estabas con un tren parlante y un mono policía con una banana por pistola.  Tu “yo” en dibujo animado me llamaba a seguirte. Te miré, incrédulo. Estiraste el brazo señalando hacia la derecha y desapareciste.
Corrí hacia la siguiente sala. Y allí volvías a estar, corriendo con cara de terror por un bosque oscuro, perseguida por una sombra. Un gruñido, como animal, surcó la habitación en penumbra. Vi el miedo en tus ojos. Te quedaste parada, en seco, como inmovilizada, mirándome fijamente a los ojos, y echaste a correr de nuevo hacia la derecha.
 Volví a salir de la sala para entrar en la siguiente. Ahora entrabas esposada en una celda llena de reclusas. Una te pegó un puñetazo en la cara e instintivamente cerré los puños. “¿qué clase de broma es esta?” pensé. Te sangraba el labio. En un rápido movimiento pasaste tus brazos por encima de su cabeza y colocaste las manos en su cuello, ahogándola con las esposas. Después de unos angustiosos minutos la soltaste, cuando por fin dejó de respirar, y echaste a correr.

Fui a la siguiente puerta y allí, en esa puta pantalla, de nuevo,  volvías a estar tú. Me estaba volviendo loco. Te vi entrar en una iglesia, vestida de blanco, radiante, emocionada y preciosa. Caminabas hacia el altar. Fui hacia la pantalla, hacia ti y me tendiste tu mano. La cogí sin ser apenas consciente de lo que hacía, como embobado por tu belleza y de pronto estaba ahí, a tu lado. Te besé levemente la mejilla. ¿Esto es real? Pensé, pero no dije nada. Era tan feliz en ese momento. Me giré para ver a los invitados. Me sorprendí de lo que vi. Sentados entre nuestros familiares había reclusas vestidas con su traje naranja, un tren parlante acompañado de un mono y una especie de hombre lobo sentado al lado de tu madre. Oí una carcajada que me erizó la piel. Me volví lentamente y allí estaba el cura, con una careta y una pistola. Me apuntó a la cabeza y oí el ruido del disparo.

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